Razones de un investigador para participar en “¡Toma la calle 12M-15M!”


El próximo sábado 12 de mayo, participaré en las marchas convocadas por el movimiento 15M.

Para quienes me conocéis en persona, esta decisión os resultará sorprendente, pues sabéis de mis dudas acerca del 15M. El propósito de esta entrada es exponer las razones que me han hecho cambiar de opinión y explicar por qué me parece importante apoyar esta iniciativa.

¿Por qué desconfiaba del 15M?

Mis recelos sobre el 15M no brotaban de ningún elemento particular de este movimiento. Desconfío de las multitudes, ya sean convocadas por la izquierda, la derecha, los anarquistas o la Conferencia Episcopal.

Creo que el ingrediente fundamental para una sociedad sana son ciudadanos capaces de pensar por sí mismos, personas dispuestas a escuchar al adversario y considerar con honestidad sus argumentos.

Soy de izquierdas, pero aprendo mucho cuando discuto con amigos que trabajan como banqueros en Londres. Aprendo cuando discuto con amigos israelíes que votan a Netanyahu y aprendo con amigos libaneses que apoyan a Hezbollah. Algunas veces ellos me convencen, otras yo les hago cambiar de opinión y la mayoría de las veces no nos ponemos de acuerdo. Pero estas discusiones nos permiten descubrir matices que no conocíamos, nos ayudan a revelar los puntos débiles de nuestros argumentos y a refinar nuestras premisas.

Con todo esto no quiero decir que la verdad o la decencia estén “en el punto medio”. La decencia no estaba en el punto medio entre Hitler y Churchill durante la Segunda Guerra Mundial, ni tampoco a la mitad entre Churchill y Gandhi durante la independencia de la India (en este caso, el viejo Winston estaba en el flanco equivocado).

Allá donde existan seres humanos habrá siempre discusión y desacuerdos. Las sociedades que no reconocieron esta “ley fundamental” de la naturaleza humana y aplastaron a sus disidentes, acabaron (o acabarán) por inmolarse.

Cuando he participado en alguna manifestación, he tropezado con demasiados eslóganes, dogmatismos y prejuicios. Peor aún: he sentido nacer de mis entrañas una pulsión tribal de “pertenencia al grupo” que anulaba mi inteligencia y mi espíritu crítico. En las pocos mítines políticos a los que asistí, tuve la seria preocupación de que mi cerebro se derritiese y comenzase a gotearme por las orejas.

No sostengo que los movimientos populares sean innecesarios o inefectivos: la historia está repleta de movimientos populares que han cambiado el mundo. Algunos lo llenaron de luz (el movimiento feminista por el sufragio universal, las revueltas descolonizadoras o la lucha contra la discriminación racial) y otros lo convirtieron en un lugar gris (el populismo nacionalista durante la República de Weimar o los fundamentalismos cristiano, judío y musulmán).

Me aburre estar rodeado de gente que piensa como yo, de personas que han leído a los mismos autores y vivido experiencias similares a las mías. Encienden mi alma quienes sacuden mis convicciones y desmontan mis argumentos.

Me repele la “lealtad” que exigen partidos y grupos políticos. A nadie se le ocurriría pensar que un niño de 4 años es estúpido porque no sabe integrar las ecuaciones de Maxwell. ¿Pero acaso es más sencillo descifrar la naturaleza humana que aquella de los campos electromagnéticos? Si gigantes como Marx, Milton Friedman o Keynes llegaron a conclusiones tan diferentes sobre la estructura óptima para la economía de una nación, ¿porqué considerar como “traidor de la causa” a quien cambia de opinión?

Creo que todo ser humano tiene la obligación moral de ayudar a contruir un mundo más decente del que encontró. Pero si queremos cambiar el sistema, no podemos quedarnos en eslóganes simplistas y teorías conspiratorias. Debemos estudiar la realidad, comprender sus engranajes, huir de dogmas y prejuicios, escuchar al adversario y mantener la honestidad en la argumentación aunque nos conduzca a conclusiones incómodas.

El mundo es un lugar complejo. La humildad para reconocerlo me parece el mejor punto de partida para construir una realidad más humana.

¿Por qué me parece tan importante apoyar al 15M?

El sistema político de nuestro país está podrido. Las iniciativas del 15M representan, en mi opinión, la mejor esperanza para regenerar nuestra discusión pública.

Escuchad a cualquier lider político español. Escuchad su desprecio contínuo a quienes piensan diferente. El berrido de una foca monje en celo exhibe más profundidad intelectual que la mitad de las declaraciones de un telediario. Alguna vez me he preguntado qué pasaría si un político dijese: “Estas son las reformas que más me convencen, pero el problema es complejo y, por eso, comprendo que mis rivales apuesten por otras soluciones. Sé que ellos también trabajan por el bien del país”.

No creo que nuestros gobernantes sean estúpidos o malvados. Estoy convencido de que la mayoría de quienes se dedican a la política lo hacen con un sincero espíritu de servicio público. Pero el sistema incentiva que cada legislatura se convierta en una campaña electoral de 4 años. Cualquier desacuerdo interno es considerado como “falta de liderazgo”. Las pocas veces que un político es sincero, se le acusa de cometer una “equivocación en la estrategia de comunicación”. Reconocer un error es “muestra de debilidad”.

Los responsables de premiar semejantes actitudes somos nosotros, los votantes.

Por eso, el 15M me llena de esperanza. Que miles de jóvenes salgan a la calle significa que aún existe mucha gente preocupada por el sufrimiento ajeno. Significa que no sale gratis mentir en la campaña electoral. Significa que una democracia no sólo consiste en votar cada 4 años. Significa recordarles a nuestros líderes que son responsables ante nosotros.

Dicen que somos la generación perdida, pero no podemos refugiarnos en el victimismo. Es cierto que, en muchos aspectos, nos enfrentamos a una vida más inestable que la de nuestros padres. Pero también gozamos de formidables ventajas: la mayoría de nosotros hemos podido estudiar en la universidad, hacer amigos por Europa y, gracias a internet, tener acceso a los textos de los grandes economistas y pensadores sociales.

Seguro que quienes salgamos a la calle este sábado, tendremos opiniones diferentes sobre muchos asuntos. Pero compartimos un anhelo: que las decepciones y sufrimientos que padezcan otros seres humanos sean los inevitables en cualquier vida, y no consecuencia de la estupidez de la sociedad en la que vivimos.

Fuente: Principia Marsupia

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