Nada en la Palabra


Todas las verdades son fáciles de entender, una vez descubiertas. El caso es descubrirlas. Galileo Galilei (1564 – 1642)

Por ejemplo, la razón de que el agua del mar no quita la sed es porque contiene un 3% de sal, mientras que nuestros riñones solo pueden producir orina con un componente salino por debajo del 2%. Por tanto, al beberla nuestros riñones tienen que coger agua extra de nuestro organismo para diluir el exceso de sal, lo que nos provoca sed y deshidratación.

Naturalmente que sabemos el pensamiento señalado y muchos más, pero no pensamos ni actuamos permanente y conscientemente en consecuencia, pues el bicho primitivo que todos llevamos dentro domina nuestra consciencia y modo de actuar, siendo nuestro único enemigo al que debemos conocer y aprender a dominar.

Así, detenerse y adquirir consciencia para desandar hasta un punto de reencuentro y equilibrio consigo mismo, es esencial si queremos dar sentido a nuestra existencia y aportar cuanto podamos para los demás y nosotros mismos. Solo se necesita la firme voluntad e intención.

Quedan 34 días para el día de mi santo. Sigamos….

Reeditado del post : La verdad consciente

Alberto de Principia Marsupia publica un post entrañable que suscribo:

Por qué soy científico

En apenas tres años, los gobiernos de Zapatero y Rajoy han arrasado los humildes progresos de la investigación española en las últimas décadas. Mañana, 22 de mayo, todos los sectores educativos nos uniremos para denunciar que los recortes presupuestarios supondrán un terrible lastre para el futuro de nuestro país.

Tengo treinta años. He dedicado los doce últimos a la física, siete de ellos en el extranjero. Visto el futuro que nos aguarda, está claro que deberé partir de nuevo para continuar mi carrera profesional. Por eso, creo que es un buen momento para responder a una pregunta esencial: ¿por qué soy científico?

Esta es mi razón para ser cientifico: participar en una de las aventuras más hermosas en las que se ha embarcado nuestra especie.

La ciencia es la celebración de la razón frente a la autoridad. La academia de ciencias más antigua y prestigiosa, la Royal Society, eligió como lema “Nulla in Verbis”, que en latín significa “Nada en la Palabra”. Esa es la esencia del espíritu científico: no te creas lo que yo te digo. Observa por ti mismo. Algo no es verdad porque lo diga Platón, Jesucristo, el chamán de la tribu o tu padre. Duda de todo lo que te cuenten, enfréntate a la realidad con tus propios ojos y no respetes la autoridad. Por eso los poderosos temieron a los científicos y tantos fueron condenados al silencio, al exilio o a la hoguera.

Hacer ciencia significa también desafiar a los investigadores que nos precedieron. Newton comprendió que la física de Aristóteles no era suficiente. Einstein descubrió que las teorías de Newton eran incompatibles con la electricidad y el magnetismo. Hoy sabemos que la Relatividad tampoco es una teoría completa, pues no alcanza a describir algunos fenómenos cuánticos.

Una de mis anécdotas favoritas en la historia de la física es el desarrollo de la teoría de la superconductividad. En el año 1911, Kamerlingh Onnes observó que la resistencia eléctrica de algunos materiales desaparecía al enfriarlos cerca del cero absoluto. Todos los gigantes del siglo XX propusieron su teoría para explicar el origen microscópico del fenómeno: Einstein, Bohr, Landau, Heisenberg, Feynman… Y todos ellos se equivocaron. En ciencia no es problema reconocer que incluso Einstein cometió errores. La ciencia no necesita de profetas que tuviesen razón en todo lo que dijeron.

La ciencia es la celebración de lo universal frente a la tribu y la patria. En el libro de mecánica cuántica que tengo frente a mí mientras escribo esta entrada puedo encontrar herramientas matématicas desarrolladas por norteamericanos y soviéticos durante la guerra fría, un sistema numeral introducido por indios y árabes, y una estructura lógica inventada por griegos. Ningún país y ninguna época pueden reclamar la ciencia como propia.

La inscripción a la entrada de la Academia de Platón decía: “no entre aquí quien no sepa de geometría”. Las verdades de la geometría eran independientes de que un hombre fuese ateniense, espartano o persa. Los virus o la fuerza de la gravedad desconocen fronteras, colores de piel y lenguas. La ciencia no pertenece a Oriente ni a Occidente. La ciencia es humana.

La ciencia es una celebración de la belleza. ¿Quién no siente un escalofrío al comprender que nuestros cuerpos están formados por polvo de las estrellas? ¿Quién no se estremece al pensar que todos los mamíferos sobre el planeta estamos conectados a un antecesor común?

La ciencia es una celebración inevitable. Si no es en España, será en China o en Brasil, pero la ciencia seguirá avanzando. Encontrar sentido a lo que nos rodea es una necesidad humana y no hay grilletes que puedan aprisionar nuestra imaginación.

Una vez le preguntaron al gran alpinista británico George Mallory cuál era la razón para jugarse la vida escalando. Mallory respondió que debíamos subir las montañas, sencillamente, porque estaban ahí. La lucha por descifrar la realidad es también inevitable. Porque, dicho a la manera de Mallory, somos humanos y tenemos un mundo que nos rodea.

Fuente: Por qué soy científico

Por Alberto de Principia Marsupia

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